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La Buenos Aires de Borges y la Caracas mía

Hoy entré a una librería y un señor mayor me atendió. Nos quedamos conversando largo rato mientras el librero veía si quedaba el último ejemplar de un libro que esperaba por fin encontrar.

Hablamos de la historia del libro en cuestión, de los jóvenes venezolanos que están llegando a este país, de todo lo que uno deja cuando decide irse.

El señor, tan amable me dijo en tono muy seremo: una de las cosas que más nos gusta de los venezolanos es su vocación para servir a la gente siempre con una sonrisa, aunque vengan de una situación terrible. Acto seguido yo asentí sonriendo para variar. Terminó la conversación con la frase que originó las ganas de escribir esto: hemos recibido muchos extranjeros, pero después de los italianos y los españoles, que llegaron hace muchos años, no habíamos visto a unos inmigrantes que quisieran tanto a su país de origen como ustedes los venezolanos.

(…) Uno no extraña los sitios sino los tiempos, dijo Borges en una entrevista citando a Marcel Prouts. Quizás Borges dejó de extrañar a Buenos Aires porque ya no fue más su Buenos Aires de casas antiguas y calles despejadas como lo fue un día.

Pero hay algo más. Nunca la dejó de querer. Ni aún sabiendo que lo que encontraría sería triste, dejó de importarle volver. Borges quiso a su ciudad como uno quiere el amor de su vida, con todas sus sombras y sus tristezas.

Extrañó y quiso y cuando un día dejó de extrañar, siguió queriendo.

Quizás yo deje de extrañar a Caracas un día porque no ya no sea mi Caracas de atardeceres tranquilos y no encuentre en cada esquina un amigo. Sin embargo, cuando la deje de extrañar, me seguirá importando verla, la seguiré queriendo tanto, así como Borges adoró siempre a su Buenos Aires distinta, así como uno quiere al amor de su vida.

 

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